UE–Mercosur, entre oportunidades comerciales y el éxodo de la soberanía agraria

La Comisión Europea acaba de aprobar el texto final del acuerdo de libre comercio con Mercosur (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay), tras más de dos décadas de negociaciones estancadas. Sobre el papel, se trata de un hito histórico: la creación de la mayor zona de libre comercio del mundo, con un mercado de más de 700 millones de consumidores.

Pero el optimismo económico convive con una tormenta política. Mientras Bruselas se apresura a cerrar la ratificación antes de fin de año, Francia y Polonia encabezan la oposición. París lo rechaza por el previsible golpe a su sector agrícola, Varsovia por razones estratégicas y geopolíticas, intentando formar una minoría de bloqueo.

Comercio con Mercosur: potencial desaprovechado

El intercambio de bienes entre la UE y Mercosur es todavía modesto. Apenas supera los 100.000 millones de euros, una cifra muy inferior a los 867.000 millones del comercio con Estados Unidos.

España exportó en 2024 mercancías a Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay por valor de 4.705,6 millones de euros:

  • Brasil: 3.234,5 millones
  • Argentina: 995,8 millones
  • Uruguay: 306,7 millones
  • Paraguay: 168,6 millones

Sin embargo, la balanza comercial es negativa: España importó de la región más del doble (10.481,4 millones de euros), lo que refleja una relación desequilibrada y la oportunidad que representa este acuerdo.

El peso de los aranceles

La barrera más visible son los elevados aranceles que hoy soportan los productos europeos:

  • Vino, refrescos y espumosos: hasta el 35%
  • Chocolate, bollería y galletas: 20%
  • Queso: 28%
  • Aceite de oliva: 10%
  • Equipos de transporte: 35%
  • Maquinaria y equipamiento eléctrico: 20%
  • Plásticos: 18%
  • Farmacéuticos y químicos: 14%

El acuerdo permitirá que la mayoría de estas tasas se eliminen progresivamente, algunas hasta desaparecer por completo.

España, el vino y el aceite como apuestas ganadoras

La retirada de aranceles al aceite de oliva y al vino es especialmente relevante para España. El ministro de Economía, Carlos Cuerpo, estima que las exportaciones de ambos podrían crecer entre un 40% y un 50%.

Hoy el mercado está infrautilizado: salvo los 102,2 millones de euros de aceite de oliva vendidos a Brasil, el peso es marginal. En total, las exportaciones agroalimentarias españolas a Mercosur apenas sumaron 450 millones de euros en 2024, una cifra que podría duplicarse tras la entrada en vigor del acuerdo, según estudios de la Universidad Complutense encargados por la Secretaría de Estado de Comercio.

Además, el pacto protegerá 59 indicaciones geográficas españolas frente a imitaciones: desde el aceite de oliva, el jamón y el vino, hasta productos como el turrón, la sobrasada o el azafrán.

Más allá del campo: la industria también gana

El impacto no se limitará al sector agroalimentario:

  • Químico-farmacéutico: 1.500 millones exportados, con aranceles del 14% que desaparecerán.
  • Maquinaria y equipamiento eléctrico: 930 millones, gravados al 20%.
  • Transporte: 301 millones, con un 35% de impuestos.
  • Plásticos: 316,5 millones, con un 18% que se suprimirá.

Según Bruselas, las exportaciones españolas podrían crecer un 37% cuando el acuerdo despliegue todos sus efectos.

El punto de fricción: las cláusulas espejo

Si hay un asunto que enciende a agricultores y ganaderos europeos es la ausencia de cláusulas espejo en el acuerdo.

Estas cláusulas obligarían a que los productos importados cumplan las mismas normas ambientales, sanitarias y laborales que rigen en la UE. Para el campo europeo son una condición básica: sin ellas, denuncian, competirán en desigualdad frente a productores de Mercosur que trabajan con costes más bajos y requisitos mucho menos estrictos en pesticidas, bienestar animal o derechos laborales.

Francia, Bélgica y varias organizaciones agrarias han exigido su inclusión, mientras que en España tanto Unión de Uniones como COAG alertan de un “desarme competitivo” que puede afectar a sectores tan sensibles como los cítricos, la ganadería extensiva o los cultivos mediterráneos.

Sin embargo, expertos en derecho internacional comercial advierten de que estas cláusulas son difíciles de aplicar. El marco normativo europeo está adaptado a riesgos y condiciones locales, y extenderlo a terceros países podría considerarse “desproporcionado” e incluso contrario a las normas de la OMC.

En otras palabras: exigir espejo perfecto puede equivaler a cerrar el acuerdo antes de empezar.

Copa-Cogeca: “Nunca un acuerdo fue tan perjudicial”

El rechazo del campo no se limita a las cláusulas espejo. La patronal Copa-Cogeca considera que la presentación del acuerdo en este momento es una “maniobra de presión política” y un “mensaje negativo” para la nueva legislatura comunitaria.

Acusan a Bruselas de relegar a la agricultura europea en un contexto de recortes en la PAC, debilitamiento de la política agrícola y concesiones a terceros países. Y su diagnóstico es contundente: “el acuerdo nunca ha sido tan perjudicial para agricultores, comunidades rurales y consumidores europeos, tanto en lo económico como en lo político”.

El espejo americano: el pacto con Estados Unidos

El acuerdo con Mercosur se superpone al reciente entendimiento con Estados Unidos, que permitió evitar una guerra arancelaria en julio. Washington aceptó limitar al 15% los aranceles a productos europeos, lo que supondrá un ahorro de 500 millones de euros al mes solo para la industria automovilística.

A cambio, Bruselas ofreció acceso preferencial a productos agrícolas estadounidenses, desde carne y lácteos hasta cacao y mariscos. Curiosamente, el vino —clave para España— quedó fuera del acuerdo con EE.UU., lo que otorga aún más valor estratégico a Mercosur como mercado alternativo.

¿Oportunidad histórica o amenaza estructural?

Bruselas vende el acuerdo como un triunfo de apertura y diversificación en un mundo donde Europa necesita aliados frente a EE.UU. y China. Pero la realidad es más incómoda: el pacto confronta la promesa de crecimiento económico con el miedo del campo a una competencia desigual.

Para España, la foto parece positiva: vino, aceite, jamón y productos con denominación de origen ganan acceso a un mercado gigantesco. Para la Europa agrícola más sensible —Francia, Polonia o regiones mediterráneas— el temor es que el libre comercio sea sinónimo de abandono rural.

El dilema es claro: ¿puede Europa defender su modelo agrícola sin blindar las cláusulas espejo, o corre el riesgo de convertirlas en una excusa imposible que bloquee cualquier pacto?

La ratificación del acuerdo será, en realidad, un examen político: entre la promesa de expansión global y la obligación de proteger la coherencia de un modelo agrícola que Europa presume como ejemplar.

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